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domingo, 17 de junio de 2012

POR LA APERTURA DE LA POLÍTICA FEMINISTA. ¿Pueden las monjas hablar?

"El tema que es de mi interés es estudiar la noción de persona, qué es lo que nos hace personas, qué es la libertad, qué es el amor, siempre con la perspectiva feminista, de si esas nociones tienen aplicación distinta para las mujeres y para los varones."

Teresa Forcades

Hace aproximadamente un mes, en torno a una publicación realizada en facebook, en el grupo “LOBAS FURIOSAS”, se presentó una discusión que me parece importante ampliar desde la perspectiva de la política de indecidibilidad feminista, como la propone Diane Elam. Describiré lo sucedido en la discusión para desarrollar así, cómo puede ser peligrosa la esencialización de un supuesto sujeto del feminismo que no debe tener relación alguna con la religión católica, por ejemplo, debido a que es en torno a la misma que se han generado muchos de los dispositivos de control para los cuerpos de las mujeres. Considero importante poder sospechar de “cómo deben ser las feministas para que puedan hablar”, “de dónde deben provenir sus discursos, sus prácticas y sus luchas” y si, finalmente, ese tipo de condicionamientos que se supone debemos tener aquéllxs que nos enunciemos como feministas, lo que generan es la imposibilidad de construir una solidaridad sin fundamento, que sea capaz de ampliar las nociones de política, generar luchas transformadoras y poder alcanzar espacios difíciles y a los cuales, muy a nuestro pesar, muchos de los discursos y prácticas feministas no han podido llegar.

El grupo LOBAS FURIOSAS funciona como espacio de difusión de información y de debate dentro de facebook, respecto a imágenes, textos, publicaciones, acciones, que lxs participantes de la plataforma crean conveniente divulgar en la misma. Se han dado muchos debates que considero importantes, en torno a cómo vemos las imágenes, cuáles son las luchas políticas que vale la pena articular, cómo las prácticas artísticas son fundamentales para generar otras formas accionar político, y muchísimas más que se han formado gracias a la participación de lxs que somos miembrxs del grupo. Una de estos debates se dio en torno a la publicación en las LOBAS, de un video, enlazado desde youtube, titulado: [Fragmenta] Presentación de "La teología feminista en la historia", de Teresa Forcades, en Madrid[1]. Ante este enlace se hicieron varios comentarios, entre los cuales habían algunos bastante descalificadores y otros desde los que se intentaba pensar qué tan conveniente era para “el pensamiento feminista”, que una monja estuviese hablando de teología feminista. Aclaro que los comentarios hechos fueron a término personal, pero que la forma de sustentarlos estuvo ligada a aquello de “lo que consideramos debería ser o es el feminismo”. Las perspectivas personales son importantísimas, teniendo en cuenta que espacios como los grupos, en los que se promueve la participación, desbancan de cierta manera la forma en la que nos hemos pensado la política, como política representativa. La participación permite que nuestra voz se escuche, que nuestros puntos y argumentos sean contemplados en debates que abarcan lo macro y lo micro de los poderes que reconocemos atañen a nuestros cuerpos y a las formas que pretendemos resistir a los mismos.

Quisiera poner en contraste algunos fragmentos de los comentarios que se hicieron en torno al enlace[2], desde los cuales se tiene una posición sin conciliaciones con lo dicho por Teresa Forcades en aquélla presentación y los puntos de la misma Forcades.

Escribe una compañera respecto al enlace: - “Yo entiendo la postura, pero les pregunto: que más estereotipo machista que la iglesia?; ahora una de las grandes apuestas feministas ha sido "lo personal es político" incluso el lugar desde el cual nos paramos frente a los grandes paradigmas impuestos por el patriarcado como la religión... mi problema no es que sea una monja feminista, lo cuál ya me parece complicado, el problema es que su discurso no busca transformar la estructura, no apuesta por el desmonte del papa como el fiel representante de Dios en la tierra, es que su discurso no busca romper la estructura patriarcal de la iglesia, no deja de reconocer su mentor y jefe a Ratzinger, no cuestiona su nazismo y su homofobia, el problema no es que esté dentro de la iglesia, el problema es no sea radical con ella... es que acomoda el feminismo a la estructura y eso me molesta, porque para mi, el feminismo no se acomoda, el feminismo tiene que incomodar... pero entiendo que hayan mujeres catolicas feministas, sin duda, y se también que muchas de ellas pelean con la estructura de la iglesia, buscan transformarla, en fin, pero creo que esta mujer no lo hace...”

Teresa de Forcades dice durante su presentación:- "...sino desde que han existido sociedades, ordenamientos jurídicos, leyes y estructuras que han dicho que las mujeres son menos aptas que los varones para ejercer funciones de liderazgo, social, o ECLESIAL, o ritual, o RELIGIOSO, en sentido amplio, han existido también, personas desde ese mismo momento, que han dicho, yo eso no lo veo claro, yo creo que eso no es así, es más, creo que dios, precisamente, y ese sería entonces el sentido de la teología feminista, que dios eso no lo quiere así."

Ahora, pregunto yo, ¿no está, precisamente, Teresa de Forcades, haciendo un cuestionamiento a cómo la estructura eclesial, por ejemplo, ha dejado a las mujeres fuera del liderazgo de la misma, por el hecho de ser mujeres y no se está pronunciando en contra de ello? Entiendo las dificultades que nos podría presentar el argumento de Forcades que responde a “dios eso no lo quiere así”, pero pienso fundamental la posibilidad de abrirnos, para quienes no somos católicas o practicantes de ninguna religión, a la posibilidad de repensarnos lugares metafísicos de enunciación y argumentación. A riesgo de desviarme un poco, en torno a esto quisiera recordar un fragmento de Anzaldúa:

“Soy una puente columpiada por el viento, un crucero habitado por torbellinos,… montada a horcajadas en el abismo. «Tu lealtad es a la Raza, el Movimiento Chicano», me dicen los de mi raza. «Tu lealtad es al Tercer Mundo», me dicen mis amigos negros y asiáticos. «Tu lealtad es a tu género, a las mujeres», me dicen las feministas. También existe mi lealtad al movimiento gay, a la revolución socialista, a la Época Nueva, a la magia y lo oculto. Y existe mi afinidad a la literatura, al mundo artístico. ¿Quién soy? Una lesbiana feminista tercermundista inclinada al marxismo y al misticismo. Me fragmentarán y a cada pequeño pedazo le podrán una etiqueta.”

Traigo a Anzaldúa, con este fragmento específicamente, porque considero importante cuestionarnos sobre la lealtad de Teresa de Forcades. ¿Debe ser ésta hacia su género, hacia su raza, hacia su religión? ¿Hacia qué debe ser?

Continúo con el contrapunto. Dice mi compañera: - “Es un feminismo acomodado a la iglesia... su libro de fundamento discursivo es la biblia, su apuesta es la protección de los pobres... defiende la iglesia, no toma posturas radicales... pero no es clara en relación al debate del aborto...”

Dice Forcades en otra de sus presentaciones[3], también publicada en las LOBAS: - "en ese tema del aborto, se trate de decidir, en qué bando se está, o bien a favor de la vida, o bien en contra... bueno, pues ésto es imposible... desde una postura de mirada humana, que lo que quiere es promover la humanidad, hasta pues ahí donde pueda llegar, es obvio que la dicotomía no se puede nunca plantear... a favor de la vida estamos todos los que estamos a favor de las personas... en esas discusiones a veces parece que esa confrontación que se puede dar cuando hay un embarazo no deseado pues la única vida que contara fuese la incipiente del feto... pero hay otra vida, la vida de la mujer embarazada, y pues tampoco se puede generalizar, se tiene que tener una atención real y una voluntad real de ver en cada caso de qué manera esta promoción de la vida se puede llevar a término de la forma más satisfactoria... la mujer, como ser humano autónomo, que no es simplemente alguien que dios ha hecho en función de la necesidad de procrear." Dice también: "...el legislador tiene que legislar con ese sentido práctico, diciendo claro, lo ideal sería que no hubiera ni un aborto en Venezuela, ni el mundo, pero la realidad es que hay, y que además están marcados por clase, y que si vamos en favor de la vida, pues ahí hay vidas perdidas por causa de esos abortos clandestinos."

Vuelvo a preguntar, Forcades, ¿no está siendo clara con su perspectiva sobre el aborto? Considero que está siendo muy clara sobre ello al decir: “la mujer, como ser humano autónomo, que no es simplemente alguien que dios ha hecho en función de la necesidad de procrear” y al apelar a la particularidad de las situaciones de las mujeres. Este mismo fragmento nos podría conducir de vuelta al anterior, para decir que en efecto, Forcades, desde su lugar dentro de la iglesia católica, está cuestionando muchos de los preceptos que se divulgan como comunes de la misma. Entonces, ¿no está cuestionando su estructura?

Escribe también mi compañera: - “Pues ella me parece una mujer interesante sin duda, pero para mi si tiene que haber una clara separación entre el feminismo y la iglesia, pues es que ha sido ella la reproductora de gran parte de las lógicas machistas de poder... no es feminista radical, entiende este discurso como el de la diversidad y en donde cabe todo, y de alguna manera intenta seguir reproduciendo la idea de que en los discursos de las mujeres caben todos los discursos.”

Dice Forcades: - "...esa capacidad de oponerse a la injusticia, en este caso la injusticia que hace referencia a lo que una mujer puede o no puede hacer en base a su sexo... que no deban ceñirse a unas expectativas externas, que en nombre de DIOS, de la sociedad, de la naturaleza, de la ley, de la conveniencia política, económica social... QUE NO SEA DESDE ESE MOLDE EXTERNO QUE SE DETERMINE A LAS PERSONAS... que esa determinación externa de lo que una persona puede o no puede hacer va en contra de lo que llamamos, la libertad que nos da dios, que siempre en diálogo, con una propuesta que hace dios a cada persona, ahí exista siempre esa respuesta libre de la persona para poder actualizar o no esa propuesta de dios... y las ESTRUCTURAS SOCIALES Y ECLESIALES deberían ser las ideales, deberían ser las que conducen a esa posibilidad de diálogo libre..."

Muestro el contrapunto entre lo dicho por mi compañera y lo dicho por Forcades, ya que considero importante exponer cómo, la monja pareciese no ser una voz apta para las acciones y discursos feministas, por el hecho de llevar un hábito que la ubica dentro de la iglesia y que por ende, cualquier intento de ella por desafiar, reestructurar o señalar cómo funciona un sistema como el eclesial y cómo éste le ha quitado en gran medida la voz a las mujeres o cómo ha deslegitimado la existencia de parejas del mismo sexo, pero también, como dentro de ese mismo sistema ha habido personajes que han resistido a dichos mandatos, pareciese invalidado porque sus creencias religiosas tienen en ella la implicación de ser una monja, como si esto constituyese algo no permitido dentro del “modelo correcto de mujer” que pretende una política de identidad del feminismo, de ese feminismo que se enunciaba en los comentarios al enlace como “separado de la iglesia” e incomodador, que además no debe conciliar, “porque las mujeres siempre hemos conciliado”. Diane Elam escribe al respecto: “En primer lugar, muy a menudo la política de identidad fomenta la uniformidad y el conformismo. En nombre de la «identidad» y la «identificación», dicha política les exige unirse a todas las mujeres exclusivamente en base a lo que tienen en común, de modo tal que la diferencia entre las mujeres resulta no sólo ignorada sino borrada. La pregunta que surge es: ¿el feminismo debe siempre buscar borrar la diferencia dando a luz una familia de hijas idénticas que luchan todas por las mismas causas, que pretenden todas compartir los mismos objetivos feministas?” Entonces, ¿deberían borrarse las diferencias religiosas para poder generar un feminismo aceptable, “incomodador”, válido? ¿No pueden las monjas hablar porque no hacen parte de la unificación de un ideal de mujer feminista atea que lucha desde fuera y contra la iglesia?

Mi punto es que en un debate como el planteado puntualmente y al que me estoy refiriendo, la forma de deslegitimar la voz y los postulados de Teresa de Forcades se basan exclusivamente, aunque se pretenda aclarar que no, en el hecho de ser una monja, como si sus creencias y la forma en las que actúa a través y en nombre de las mismas, fuesen imperativamente negadoras de su participación y actuación como feminista. Digo exclusivamente, puesto que los comentarios hechos en torno al enlace publicado, muestran total desconocimiento de lo dicho por Forcades en la presentación motivo del video. Aclaro, como si ser una monja le impidiera declararse en contra de un sistema que la atraviesa, como si le impidiera tener una voz válida dentro del discurso feminista y sobretodo, como si implicara su imposibilidad de resistencia. Elam dice que “el potencial positivo de la política feminista es que esa política toma la indecidibilidad[4] de las múltiples determinaciones de las mujeres –el choque entre virgen, ramera, madre, etc.– como el espacio aporético dentro del cual se produce la libertad”, con lo cual yo concuerdo y por lo que diría que precisamente, eliminar la posibilidad de resistencia de Forcades dentro de su espacio por sus determinaciones, estaría absolutamente en contra de una política feminista que entienda lo paradigmático de la resistencia misma, que se genera dentro de esas determinaciones y no fuera de ellas.

En este mismo sentido de una política que tome en cuenta la indecidibilidad, que se repiense ese mismo espacio de lo político como un lugar de constantes negociaciones, sin sujetos predeterminados centrales dentro de las acciones, luchas y discursos, que reconoce los límites de la política de identidad y que no tiene lineamientos fijos y determinados, no sólo proporcionaría espacios en los que las voces de los cuerpos no contemplados dentro de ese “ideal sujeto del feminismo” pudiesen hablar, como por ejemplo Forcades por ser monja, sino que implicaría también la posibilidad de llegar a esos lugares a los que muchos de los discursos y prácticas feministas no han llegado, puesto que éstos han estado concentrados, en gran medida, en un sujeto determinado con la tiranía de leyes universales y universalisantes que desconoce otras formas de acciones de resistencia.

De esta manera, pienso pertinente lo dicho por Rosalva Aída Hernández Castillo y Liliana Suárez Navaz en “Descolonizando el feminismo”: “La descolonización del feminismo implica abandonar atalayas y laboratorios, instituciones de diagnosis y prognosis, identidades certeras, y herramientas analíticas monocordes. La descolonización implica trabajar en alianzas híbridas, multiclasistas, transnacionales, para potenciar un movimiento feminista transformador que pueda contrarestar con organización, solidaridad, y fortaleza la dramática incidencia del capitalismo neoliberal en la vida de las mujeres del sur.”



[1] http://www.youtube.com/watch?v=eNpLs9n2PD0&feature=share

[2] http://www.facebook.com/groups/296958646988446/423935524290757/

[3] http://www.youtube.com/watch?v=AUrmf9tIRzE

[4] indecidibilidad como imposibilidad o dificultad de decidir. En Diane Elam, “Hacia una solidaridad sin fundamento”.

viernes, 25 de mayo de 2012

¡Se ha equivocado de baño!



BASURA Y GÉNERO. MEAR/CAGAR. MASCULINO/FEMENINO

Por Beatriz Preciado



Más acá de las fronteras nacionales, miles de fronteras de género, difusas y

tentaculares, segmentan cada metro cuadrado del espacio que nos rodea. Allí

donde la arquitectura parece simplemente ponerse al servicio de las necesidades

naturales más básicas (dormir, comer, cagar, mear..) sus puertas y ventanas,

sus muros y aberturas, regulando el acceso y la mirada, operan silenciosamente

como la más discreta y efectiva de las "tecnologías de género."(1)

Así, por ejemplo, los retretes públicos, instituciones burguesas generalizadas

en las ciudades europeas a partir del siglo XIX, pensados primero como

espacios de gestión de la basura corporal en los espacios urbanos (2) , van a

convertirse progresivamente en cabinas de vigilancia del género. No es casual

que la nueva disciplina fecal impuesta por la naciente burguesía a finales del

siglo XIX sea contemporánea del establecimiento de nuevos códigos

conyugales y domésticos que exigen la redefinición espacial de los géneros y

que serán cómplices de la normalización de la heterosexualidad y la

patologización de la homosexualidad. En el siglo XX, los retretes se vuelven

auténticas células públicas de inspección en las que se evalúa la adecuación

de cada cuerpo con los códigos vigentes de la masculinidad y la feminidad.

En la puerta de cada retrete, como único signo, una interpelación de

género: masculino o femenino, damas o caballeros, sombrero o pamela,

bigote o florecilla, como si hubiera que entrar al baño a rehacerse el género

más que ha deshacerse de la orina y de la mierda. No se nos pregunta si vamos

a cagar o a mear, si tenemos o no diarrea, nadie se interesa ni por el color ni

por la talla de la mierda. Lo único que importa es el GÉNERO.

Tomemos, por ejemplo, los baños del aeropuerto George Pompidou de Paris,

sumidero de desechos orgánicos internacionales en medio de un circuito de

flujos de globalización del capital. Entremos en los baños de señoras. Una ley no

escrita autoriza a las visitantes casuales del retrete a inspeccionar el género de

cada nuevo cuerpo que decide cruzar el umbral. Una pequeña multitud de

mujeres femeninas, que a menudo comparten uno o varios espejos y

lavamanos, actúan como inspectoras anónimas del género femenino controlando

el acceso de los nuevos visitantes a varios compartimentos privados en cada

uno de los cuales se esconde, entre decoro e inmundicia, un inodoro. Aquí, el

control público de la feminidad heterosexual se ejerce primero mediante la

mirada, y sólo en caso de duda mediante la palabra. Cualquier ambigüedad de

género (pelo excesivamente corto, falta maquillaje, una pelusilla que sombrea

en forma de bigote, paso demasiado afirmativo…) exigirá un interrogatorio del

usuario potencial que se verá obligado a justificar la coherencia de su elección

de retrete: "Eh, usted. Se ha equivocado de baño, los de caballeros están a la

derecha." Un cúmulo de signos del género del otro baño exigirá

irremediablemente el abandono del espacio mono-género so pena de sanción

verbal o física. En último término, siempre es posible alertar a la autoridad

pública (a menudo una representación masculina del gobierno estatal) para

desalojar el cuerpo tránsfugo (poco importa que se trate de un hombre o de

una mujer masculina).

Si, superando este examen del género, logramos acceder a una de las cabinas,

nos encontraremos entonces en una habitación de 1x1,50 m2 que intenta

reproducir en miniatura la privacidad de un váter doméstico. La feminidad se

produce precisamente por la sustracción de toda función fisiológica de la

mirada pública. Sin embargo, la cabina proporciona una privacidad únicamente

visual. Es así como la domesticidad extiende sus tentáculos y penetra el espacio

público. Como hace notar Judith Halberstam "el baño es una representación, o

una parodia, del orden doméstico fuera de la casa, en el mundo exterior" (3).

Cada cuerpo encerrado en una cápsula evacuatoria de paredes opacas que lo

protegen de mostrar su cuerpo en desnudez, de exponer a la vista pública la

forma y el color de sus deyecciones, comparte sin embargo el sonido de los

chorros de lluvia dorada y el olor de las mierdas que se deslizan en los

sanitarios contiguos. Libre. Ocupado. Una vez cerrada la puerta, un inodoro

blanco de entre 40 y 50 centímetros de alto, como si se tratara de un taburete de

cerámica perforado que conecta nuestro cuerpo defecante a una invisible

cloaca universal (en la que se mezclan los desechos de señoras y caballeros),

nos invita a sentarnos tanto para cagar como para mear. El váter femenino

reúne así dos funciones diferenciadas tanto por su consistencia (sólido/líquido),

como por su punto anatómico de evacuación (conducto urinario/ano), bajo una

misma postura y un mismo gesto: femenino=sentado. Al salir de la cabina

reservada a la excreción, el espejo, reverberación del ojo público, invita al

retoque de la imagen femenina bajo la mirada reguladora de otras mujeres.

Crucemos el pasillo y vayamos ahora al baño de caballeros. Clavados a la

pared, a una altura de entre 80 y 90 centímetros del suelo, uno o varios urinarios

se agrupan en un espacio, a menudo destinado igualmente a los lavabos,

accesible a la mirada pública. Dentro de este espacio, una pieza cerrada,

separada categóricamente de la mirada pública por una puerta con cerrojo, da

acceso a un inodoro semejante al que amuebla los baños de señoras. A partir

de principios del siglo XX, la única ley arquitectónica común a toda

construcción de baños de caballeros es esta separación de funciones: mear-de

pie-urinario/cagar-sentado-inodoro. Dicho de otro modo, la producción eficaz de

la masculinidad heterosexual depende de la separación imperativa de

genitalidad y analidad. Podríamos pensar que la arquitectura construye barreras

cuasi naturales respondiendo a una diferencia esencial de funciones entre

hombres y mujeres. En realidad, la arquitectura funciona como una verdadera

prótesis de género que produce y fija las diferencias entre tales funciones

biológicas. El urinario, como una protuberancia arquitectónica que crece desde

la pared y se ajusta al cuerpo, actúa como una prótesis de la masculinidad

facilitando la postura vertical para mear sin recibir salpicaduras. Mear de pie

públicamente es una de las performances constitutivas de la masculinidad

heterosexual moderna. De este modo, el discreto urinario no es tanto un

instrumento de higiene como una tecnología de género que participa a la

producción de la masculinidad en el espacio público. Por ello, los urinarios no

están enclaustrados en cabinas opacas, sino en espacios abiertos a la mirada

colectiva, puesto que mear-de-pie-entre-tíos es una actividad cultural que

genera vínculos de sociabilidad compartidos por todos aquellos, que al hacerlo

públicamente, son reconocidos como hombres.

Dos lógicas opuestas dominan los baños de señoras y caballeros. Mientras el

baño de señoras es la reproducción de un espacio doméstico en medio del

espacio público, los baños de caballeros son un pliegue del espacio público en

el que se intensifican las leyes de visibilidad y posición erecta que

tradicionalmente definían el espacio público como espacio de masculinidad.

Mientras el baño de señoras opera como un mini-panópticon en el que las

mujeres vigilan colectivamente su grado de feminidad heterosexual en el que

todo avance sexual resulta una agresión masculina, el baño de caballeros

aparece como un terreno propicio para la experimentación sexual. En nuestro

paisaje urbano, el baño de caballeros, resto cuasi-arqueológico de una época

de masculinismo mítico en el que el espacio público era privilegio de los

hombres, resulta ser, junto con los clubes automovilísticos, deportivos o de caza,

y ciertos burdeles, uno de los reductos públicos en el que los hombres pueden

librarse a juegos de complicidad sexual bajo la apariencia de rituales de

masculinidad.

Pero precisamente porque los baños son escenarios normativos de producción

de la masculinidad, pueden funcionar también como un teatro de ansiedad

heterosexual. En este contexto, la división espacial de funciones genitales y

anales protege contra una posible tentación homosexual, o más bien la condena

al ámbito de la privacidad. A diferencia del urinario, en los baños de caballeros,

el inodoro, símbolo de feminidad abjecta/sentada, preserva los momentos de

defecación de sólidos (momentos de apertura anal) de la mirada pública. Como

sugiere Lee Edelman (4), el ano masculino, orificio potencialmente abierto a la

penetración, debe abrirse solamente en espacios cerrados y protegidos de la

mirada de otros hombres, porque de otro modo podría suscitar una invitación

homosexual.

No vamos a los baños a evacuar sino a hacer nuestras necesidades de género.

No vamos a mear sino a reafirmar los códigos de la masculinidad y la feminidad

en el espacio público. Por eso, escapar al régimen de género de los baños

públicos es desafiar la segregación sexual que la moderna arquitectura urinaria

nos impone desde hace al menos dos siglos,: público/privado, visible/invisible,

decente/obsceno, hombre/mujer, pene/vagina, de-pie/sentado, ocupado/libre…

Una arquitectura que fabrica los géneros mientras, bajo pretexto de higiene

pública, dice ocuparse simplemente de la gestión de nuestras basuras

orgánicas. BASURA>GÉNERO. Infalible economía productiva que transforma la

basura en género. No nos engañemos: en la máquina capital-heterosexual no se

desperdicia nada. Al contrario, cada momento de expulsión de un desecho

orgánico sirve como ocasión para reproducir el género. Las inofensivas

máquinas que comen nuestra mierda son en realidad normativas prótesis de

género.



(1). Utilizo aquí la expresión de Teresa De Lauretis para

definir el conjunto de instituciones y técnicas, desde el cine

hasta el derecho pasando por los baños públicos, que

producen la verdad de la masculinidad y la feminidad.

Ver: Teresa De Lauretis, Technologies of Gender,

Bloomington, Indiana University Press, 1989.



(2).Ver: Dominique Laporte, Histoire de la Merde,

Christian Bourgois Éditeur, Paris, 1978; y Alain Corbin, Le

Miasme et la Jonquille, Flammarion, Paris, 1982.



(3). Judith Halberstam, "Techno-homo: on bathrooms,

butches, and sex with furniture," in Jenifer Terry and

Melodie Calvert Eds., Processed Lives. Gender and

Technology in the Everyday Life, Routledge, London and

New York, 1997, p.185.



(4). Ver: Lee Edelman, "Men's Room" en Joel Sanders, Ed.

Stud. Architectures of Masculinity, New York, Princeton

Architectural Press, 1996, pp.152-161.